




LAS SAGRADAS ESCRITURAS
Creemos que la biblia es la palabra de Dios, en sus documentos originales, ya que son inspirados divinamente en su totalidad, sin error, es digna de confianza, y deben constituir nuestra suprema autoridad en todo lo conciernete a nuestra FE y conducta (2ª Timoteo 3: 16-17)
DIOS
Creemos que hay un solo Dios vivo y verdadero, personal, eterno, perfecto en justicia, infinito en poder, sabiduría y bondad, el cual es Hacedor y Sustentador de todo cuanto existe. Que en la unidad de la Divinidad existen tres personas: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, los cuales son iguales en sustancia, atributos divinos y gloria (Salmo 83:18; Jeremías 10:10)
CRISTO
Creemos que Jesucristo es Dios manifestado en carne. En Él concurren dos naturalezas: La divina, con todos sus atributos, y la humana en absoluta perfección, constituyendo una sola Persona indivisible.
Creemos en su nacimiento virginal, su vida sin pecado, sus milagros, su muerte en nuestro lugar para pagar nuestros pecados, su resurrección corporal, su ascensión, su obra mediadora y que volverá otra vez en poder y gloria. (S.Mateo 3:17) (Romanos 1:4)
EL ESPÍRITU SANTO
Creemos que la persona divina del Espíritu Santo regenera al pecador y santifica al creyente, en el cual mora, como prenda y garantía de su salvación eterna; para fortalecerlo, consolarlo y conducirlo en una vida de obediencia a Dios. Creemos, asimismo, que el Espíritu Santo enriquece a la Iglesia con los dones espirituales (1 Cort. 12) le da unidad y la guía en el cumplimiento de la misión que le fue encomendada por Cristo (S.Juan 14:16-17) (Hechos 1:8)
LA EXPIACIÓN
Creemos que Cristo murió para pagar el pecado de los seres humanos y que sólo aceptando esa muerte puede el hombre ser reconciliado con Dios y plenamente salvado (1.Pedro 2:23-24) (Rom.5:8-10).
LA REGENERACIÓN
Creemos que todo ser humano, por naturaleza, es pecador, con una tendencia innata al pecado y una conducta pecaminosa, y que como consecuencia, está apartado de la gloria de Dios. Sólo la acción del Espíritu Santo puede transformarlo dándole una nueva naturaleza, mediante la regeneración para la cual se requiere por parte del individuo el arrepentimiento y la fe en Cristo, condiciones indispensables para obtener la salvación. Creemos que la nueva vida de la persona nacida de nuevo es sostenida, asimismo, por el Espíritu Santo, el cual prosigue su acción santificadora en el creyente capacitándolo para vivir santamente y servir a Cristo (Tito 3:4-7)
LA IGLESIA
1) Su naturaleza: (Mat. 16:18)
Creemos que todos los nacidos de nuevo constituyen la Iglesia universal y son miembros del Cuerpo cuya Cabeza única es Cristo. Creemos que una Iglesia en sentido de congregación local, es una agrupación de creyentes en Cristo, bautizados según las enseñanzas del Nuevo Testamento, unidos bajo la dirección del Espíritu Santo para cumplir con los propósitos de adorar a Dios, tener comunión unos con otros, crecer hasta ser como Cristo, servir a los demás y proclamar las Buenas Noticias de salvación al mundo.
2) Sus Ordenanzas:
Creemos que el Señor Jesucristo dejó establecidas dos ordenanzas para ser observadas por los creyentes: Bautismo y Santa Cena
- Bautismo (Mateo 28:19; Rom.6:4): El Bautismo, símbolo de nuestra muerte al pecado y resurrección a una nueva vida en Cristo, se efectúa por inmersión en agua, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
- Santa Cena (Mateo 26:26-29): La Santa Cena fue instituida para conmemorar la muerte de Cristo y debe celebrarse con ambas especies, símbolos del cuerpo y la sangre del Señor respectivamente.
LA VIDA FUTURA
Creemos que las almas de los que han confiado en Cristo para su salvación, al morir, pasan inmediatamente a la presencia del Señor, donde premanecen en estado de consciente felicidad hasta la resurrección del cuerpo en segunda venida de Jesucristo, cuando el alma reunida al cuerpo estará siempre con el Señor. Las almas que rechazan el Evangelio quedan después de la muerte en miseria de perdición hasta el juicio final, cuando el alma y el cuerpo resucitado serán destinados a la condenación eterna (S. Juan 5:28-29; 14:1-3); (1 Tesalonicenses 4:16)